Jueves, Julio 18, 2024
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La crisis de 1929. Texto: la especulación

Muy pronto, un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención, y la de mi país. Era un asuntillo llamado mercado de valores ( ... l. Mi sueldo semanal en Cocoteros era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street ( ... ),

Corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé  inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. "En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de bolsa", dijo, "espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia". "Harpo", dije, "¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros!" De modo que, con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de la United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con un margen del veinticinco por ciento ( … ); si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le dejaba a deber al agente (, .. ).

El mercado siguió subiendo y subiendo (…). Lo más sorprendente del mercado en 1929 era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar ( .. ,).

Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba a doblar su valor en pocos meses ( ... ). El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios –y en muchos casos, sus ahorros de toda la vida- en Wall Street ( ...).

 

Un día concreto, el mercado empezó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presa del pánico y empezaron a descargarse ( ... ). Al principio, las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores ( ... ).

Luego, el pánico alcanzó a los agentes de bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando los márgenes adicionales ( ... ) y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio ( ... ). Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando ( ... ). El día del hundimiento final, mi amigo, Max  Gordon ( ...) me telefoneó desde Nueva York ( ... ). Todo lo que dijo fue: "Marx, la broma ha terminado". Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo… se suicidó (…)»

 

 

(Groucho Marx: Groucho y yo. Barcelona, Tusquets Editores, 1980.)

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