Jueves, Julio 18, 2024
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La crisis de 1929. Texto. Hiperinflación (III)

Pedí la cuenta. Cuando la trajeron, estaba cuidadosamente detallada y sumaba 650. 000.000 de marcos. Muy serviciales, habían calculado al cambio especial de 31 dólares con 63.

- ¿Puedo ver esa cuenta? -preguntó Alfred, poniéndose las gafas de leer y, antes de que yo pudiera evitarlo, la tomó. Christoph se puso de pie, miró por encima del hombre de Alfrd y sacó la estilográfica (...)

¡Herr camarero¡ -gritó Alfred.

Un momento -protesté-. Esta es mi fiesta, sé que el lugar es caro...

No me prestaron atención. En un abrir y cerrar de ojos, el maître, el gerente y un cajero se habían reunido en torno a nuestra mesa.

-Herr Baron, es el procedimiento habitual aquí.

-¿Desde cuándo? ¡Esto es ultrajante¡

¡No es culpa nuestra, señor¡

¿De dónde ha sacado este tipo de cambio? Usted sabe muy bien que a las doce eran veintiséis mil millones (el dólar).

-¡Pero ahora son las dos de la madrugada, Herr Baron¡ Tenemos que defendernos...

-¿E inventa por ello un nuevo cambio? ¿El cambio nocturno del Adlon?

El cálculo da menos de veinticinco mil millones por dólar -anunció Christoph, que había estado haciendo cuentas en el reverso de un menú.

-Herr Baron, tenemos que defendernos -dijo el gerente.

¿Cómo sabremos cuál será el cambio cuando depositemos el dinero mañana por la mañana? -preguntó el cajero. Era un joven pálido, colérico, de piel enfermiza y gafas de cristales gruesos. Vestía un traje raído. Parecía cansado.

-¡Usted está cobrando en dólares, hombre¡ -dijo Christoph en tono de plaza de armas-, ¡Mañana por la mañana valdrán más¡

Por supuesto, ellos lo sabían perfectamente. Si yo hubiera tratado de pagar la cuenta en marcos -suponiendo que hubiese podido llevar al comedor más de setecientos noventa mil millones de marcos- no los hubieran aceptado. ¿Qué hacía la gente si no tenía dólares, libras, florines o francos? Algo que seguro no hacían era cenar en el Hotel Adlon.

Cuando terminaron las negociaciones, mi cuenta había sido reducida en un dólar y veintitrés centavos, lo cual difícilmente valía la pequeña escena.”

Arthur R. G. Somssen. Una princesa en Berlín.

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